Fue exitosamente añadido a tu carrito.

Carrito

Una reflexión para Semana Santa.

Lee este artículo y, si quieres, quedarás libre de toda culpa.

Nunca entendí bien por qué tenía que aprender las cosas que me enseñaron en el colegio y mi desinterés se reflejó claramente en mis notas.

Estudié en un colegio católico, y las directivas del colegio tenían “la gran idea” de entregar notas a los padres el viernes antes de salir a las “mini-vacaciones” de semana santa, arruinando con alguna frecuencia lo que hubiera podido ser una excelente semana de descanso.

Recuerdo muy especialmente la vez en que perdí siete materias, creo que solo pasé educación física y eso porque era amigo del profesor. Ese viernes con las notas en mi mano entendí porqué se suicidó Judas: salí caminando cabizbajo hacia mi casa esperando un gran regaño por el peor desempeño académico de mi historia. Sin embargo, para mi sorpresa , no hubo regaños, lo único que encontré fue la cara de decepción de mis padres quienes desde ese momento empezaron a buscarme otro colegio, y me miraron cómo entendiendo que tenían un hijo medio retrasado que no podía con un colegio tan pesado. Esto hizo que me sintiera infinitamente culpable de traicionar la confianza de mis padres, por hacerles perder el tiempo y el dinero que pagaban por mis estudios (mi colegio era el mejor de Colombia en ese momento). De allí todo fue mejor, el siguiente bimestre “solo” perdí cuatro materias, lo que terminó por convencerlos de que debían buscarme otro colegio. Al final, creo que fue la mezcla de la culpa y el orgullo por demostrar que no era un retrasado, lo que hizo que, contra todo pronóstico, pasara el año.

Si algo me quedó de ese tiempo en el colegio fue que aprendí a sentirme culpable. La culpa estaba por todas partes, culpaba a los demás y a mi mismo de todo y por todo, entendía perfectamente la lección del “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”. Hoy puedo decir que los errores más grandes que he cometido en mi vida han sido por sentirme culpable. Es por eso que hoy escribo este artículo, pues muy al contrario de lo que nos pueden haber enseñado, la vida de Jesús y sus enseñanzas son para liberarnos de la culpa y no para llenarnos de ella.

La famosa frase de Jesús que titula este artículo “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” es el mejor resumen de lo que necesitamos aplicar a los demás y a nosotros mismos para dejar de culpar y de culparnos.

Esa frase tiene una gran profundidad y me gustaría que para encontrar la dimensión de su grandeza y poder liberador respondiéramos estas preguntas:

(Aunque allí están las respuestas, me gustaría que las pensaras antes de leer para que sea tu comprensión la que quede en ti plasmada)

1. ¿Cuál es el propósito de la vida?

Respuesta: Aprender a ser felices, cómo hemos visto en artículos anteriores.

2. ¿De que es de lo que más se aprende, de los aciertos o de los errores?

Respuesta: De los errores.

3. ¿Alguna vez ha sido tu intención consciente y voluntaria equivocarte?

Respuesta: No. Siempre, aunque nos equivoquemos nuestra intención es ser felices.

4. Si de lo que más se aprende es de los errores, y vinimos a aprender, ¿para qué es entonces la vida?

Respuesta: Para cometer errores y aprender de ellos.

Cómo dijeron alguna vez los que saben: “Vivir es equivocarse, no querer equivocarse es no querer vivir”.

Es por esta razón que podemos perdonar y perdonarnos todo, pues nadie sabe lo que hace cuando está cometiendo un error, o no lo cometería. Piensa en ti mismo, ¿ha sido tu intención equivocarte con los errores que has cometido?, o por el contrario ¿al final lo que querías era ser feliz y sencillamente el resultado no fue tu felicidad?.

La metáfora del colegio resulta muy esclarecedora en este caso. Cuando un niño resuelve una suma, lo hace desde lo que sabe y aunque se equivoque, no es su intención cometer el error. Nadie culparía a un niño que está aprendiendo a sumar, por no saber hacerlo bien desde el principio. Lo mismo sucede en la vida con cualquiera de los errores que cometemos en nuestro proceso de aprender. Dios no nos culpa, comprende que no sabemos, que estamos aprendiendo y que necesitamos equivocarnos, pero al igual que en el colegio, esto no nos exime del resultado de nuestros errores, pues la única manera que existe de saber que cometimos un error en la vida, es el resultado. Solo con una calificación de cero puede el niño saber que 1+1 no es 3 y que necesita seguir aprendiendo. De igual manera el terminar en una separación puede ser el resultado que nos demuestra que la infidelidad es un error, así como la cárcel puede ser el resultado para aprender a no estar en la ilegalidad, o el estrés para que veamos el error de nuestros pensamientos. Pero nada de esto hace que seamos culpables, ni siquiera si planeaste durante un año un robo eres culpable. Estamos aprendiendo y necesitamos del error. Entonces podríamos preguntarnos ¿todo el mundo puede hacer lo que quiera?, ¿pueden hacer todos lo que se les da la gana?.

La respuesta está en la vida misma. ¿la gente roba?, ¿la gente mata?, la gente es infiel?, ¿la gente miente?, ¿hay corruptos?. Si, cada cual está cometiendo el error que necesita en su camino de aprender. Sin embargo somos responsables de todo lo que hacemos y de todo error recibiremos el resultado: estrés, guerra, separación, enfermedad o pobreza. Y por el contrario todo acierto un resultado de felicidad tendrá: paz, armonía, abundancia y salud para quien sepa acertar.

Tarde o temprano todo acierto o todo error tendrá su resultado en la pedagogía del amor. Más libre de culpa todos están pues nadie come errores con intención, cuando alguien se equivoca , en el fondo no sabe lo que hace, pues si supiera, pensaría, hablaría o actuaría diferente.

Es por esta razón que ante el error de alguien en nuestra mente podemos practicar esta afirmación:

“Hoy igual que el Padre te perdono porque no sabes lo que haces. Sé que viniste al mundo a aprender y que vivir es equivocarse. Hoy comprendo que este es solo uno más de los errores que tu, igual que todos, debemos cometer en el camino de crecer. Te deseo un pronto aprendizaje para que la felicidad sea en tu vida.”

Y ante los errores propios algo similar:

“Padre, gracias por tu comprensión, pues tu más que nadie entiende el camino de mi vida y de mis errores. Hoy asumo, acepto y agradezco el resultado que obtengo de ellos. Abro mi mente y mi corazón para aprender, con la maravillosa certeza que siempre estás a mi lado, especialmente cuando caigo y necesito de tu mano.”

Te deseo una semana santa en la que la santidad de tu alma se eleve con la magia de la comprensión, y se libere tu corazón de la pesada carga de la culpa.

Dejar una respuesta

SpainUSA